Estábamos conversando sobre las ilusiones de una vez, esas situaciones que ocurren entre desconocidos, generalmente uno de ellos -o los dos- viene de otro lugar y nunca a quedarse... se conocen, hay "química" y a veces se cruzan algunas líneas siempre dependiendo de las circunstancias.
A todos nos ha ocurrido alguna vez, la reacción primaria suele ser la misma, aunque todos admitamos lo que nos parece adecuado (y nunca tener que ser etiquetado como obsesivo, soñador o simplemente freakie), uno siente que las casualidades existen, que el mundo a veces otorga esos pequeños regalos... se esboza una sonrisa tímida y ese día hay un pequeño arco iris junto a un duendecillo saltarín en nuestras acciones y pensamientos, es algo especial, es de las cosas que escribes en tu diario a los quince, en tu blog a los veinte y le cuentas a tu nieta a los setenta.
Parte de la belleza de estos momentos es la fugacidad del evento, la brevedad que permite que este sea percibido como un destello, que impide vislumbrar imperfecciones o pensar en que el devenir existe.
Sin embargo no todas estas historias tienen éxito, a Pepi le ocurrió exactamente todo eso, el momento, la química, tal cual, pero con el agregado que el stranger tenía vocación de ilusionista. Si en la vida existen este tipo de personas con las que te encuentras de casualidad, él quería ser un fabricante de casualidades, él hizo del personaje su historia y las conchitas acusaron su táctica.
Pepi estaba en un bus de alguna parte cercana a Río regresando a dicha ciudad acompañada de algunas amigas que se quedaron dormidas por lo largo del camino y por lo sofocante del trayecto. Aparentemente toda la gente estaba dormida o en plan de descanso menos Pepi, que estaba sumergida en una novela histórica con harto veneno como para olvidarse del calor del verano carioca, y si digo aparentemente es porque Flan también estaba despierto debido a un terrible drama de su existencia, el objeto de su deseo (una pepsi helada) estaba a una distancia insondable, no sabía nada que no fuera francés y necesitaba de una valiente heroína que supiera traducir el objeto de su deseo -una pepsiii- en portugués -unha peeepsi-.
Pepi y Flan conversaron todo el resto del camino, se enteraron de sus vidas, de sus aspiraciones, de libros y algunas gracias, de sus vacaciones en Brasil y por supuesto, como en toda ciudad donde uno es extraño y conoce a otro extraño, de la partida a sus respectivas patrias, el regreso a la vida normal... a Pepi todavía le quedaban unas semanas, pero Flan se iba esa misma noche.
Cuando llegaron a su destino, Pepi y Flan se despidieron, la química era notoria y despedirse tan pronto de alguien que se acaba de conocer y con quien se congenia tan bien siempre hace que uno se sienta un poco estúpido. Se dieron un abrazo, y Flan le dio a Pepi un collar de conchitas que llevaba al cuello, para que me recuerdes, le dijo y con una sonrisa tomó la dirección contraria.
Si la historia termina allí, la guardamos en el file de ese tipo de historias, las juntamos con la gente que conoces en un bar, en el metro, en un café, en una sala de espera, en una librería... los destellos.
Pero como en Te Amo hasta Matarme la ausencia de sujetos y eventos normales es premisa, tenemos que reproducir lo que ocurrió al día siguiente en la playa.
Pepi guardó el collar de conchitas con esa sonrisa tímida alrededor de la cual pasea un duende saltarín y le dio cierta pena que Flan se fuera esa noche a Francia, pensaba que habría sido lindo caminar, conversar más, tomarse algo, lanzarse un poco y dejarlo allí, un bonito recuerdo breve para ambos.
Con una nueva actitud, y reconfortada por ver gente capaz de gestos simpáticos, como este de Flan al regalarle el collar de conchitas para que recordara esa tarde bonita y única, caminaba por la playa cuando por su costado pasa una rubia linda con el mismo collar de conchitas y un dedo conocido que se lo acariciaba mientras sonreía y le decía: "¿no me olvidarás, verdad?" y a la pobre Pepi el rostro se le desconfiguraba mientras trataba de comprender que ayer partió un avión con destino a Francia olvidando a un pasajero, a uno que debía quedarse de donde traía las conchitas, el fondo del mar.

6 comentarios:
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"Borrar tus ojos, sendas de mi llagado sueño, y enfriar en mi sangre tus dos terribles manos"
Me gusta el blog... delicioso!!!
Un saludo
Andy
PS: vengan a verme cuando quieran!
Si... a veces los recuerdos es lo mas bello que te queda de la persona. Del momento. Un paseo con alguien asi, por una calle, se puede convertir en el recuerdo del año. Y eso que al final, ni te acuerdas de que hablaste ese dia.
Bellos recuerdos...
Un saludo de Edem
siempre me ha encantado conocer a un chico en circunstancias asi... eso es lo que hace que sea especial...
el problema es que no se vive de recuerdOS =S ni tampoco del futuro... se vive de loq ue tienes =S aiii que dura es la vida csm!
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