Monday, October 16, 2006

Aguilar

No recuerdo cuándo conocí a Aguilar.
Recuerdo algunos episodios antes de darme cuenta verdaderamente de que siempre estaba allí. Hay episodios que luego me ha contado pero que no recuerdo, lamento no recordarlo, hago esfuerzos pero son inútiles.
Cuando supe su nombre lo llamé Aguilar porque doblemente se prestaba para ello. Por el nombre real, y por el papel que juega en esta historia. Es un papel que desconoce, pero que es libre de dejar en cualquier momento.
Ese día, estaba sentada registrando a las personas de un evento. Estaba con dos amigos, de los antiguos en ese medio. Eran como las seis treinta (lo recuerdo porque el cielo estaba lindo) vino Aguilar, me dijo hola Eva María, tienes un programa? de qué trata el evento? Hice una broma sobre el nombre del evento, -se prestaba- y como no tenía programa, le di el mío. A lo mejor me doy una vuelta, me dijo. Bien, aquí estaremos. Y se fue.
Uno de los antiguos me dice, muy bien... y yo rápidamente le pregunto en voz baja, cómo se llama este chico? De dónde es? Ninguno de los dos tenía idea, y yo que pensaba que era de la misma especialidad...
Me quedó entonces una duda, quién me había presentado a Aguilar. Cómo sabía mi nombre, por qué se me hacía tan familiar pero no conectaba, salvo que siempre lo veía allí en el centro del edificio.
Un día vi que Marta estaba conversando con él, aproveché para preguntarle (después) quién era ese chico. Me dijo, quién, ¿Aguilar? Y peor aún, su nombre me sonaba mucho menos. Marta, tú me lo presentaste? No.. Y allí quedó el asunto.
Un día estaba tomando café con Cristina, y pasó Aguilar saludando. Le pregunté luego a Cristina, tú sabes de dónde conozco a Aguilar? Me dijo, yo no fui.
Los días transcurrieron hasta que llegó un viernes de aquellos. Un viernes santo, le llamé.
Estaba sentada tomando café con presencias intermitentes de compañía (esto me pareció graciosamente metafórico) hasta que llegó Aguilar, me saludó y preguntó si había visto a Marta. Le dije que había ido a clase, que quizás luego pasaría por allí, y le pregunté si se quería sentar.
Aguilar se sentó antes de las cuatro.
Estuvimos conversando a partir de cualquier cosa, alguno le preguntó al otro sobre algo que recordaba brevemente (algún cruce en las escaleras, era medio típico que ocurriese los sábados) y empezaba a tener una idea de Aguilar. En dos momentos me recordó a ese amigo mío, el amor quinceañero que todo el mundo tiene, y qué gracia para coincidir incluso en cosas sin importancia. Pero Aguilar es diferente, lo sé. Aguilar es distinto.
Quedó resuelto el misterio cuando supe quién nos había presentado y en qué circunstancias (luego pensé que era demasiado gracioso, un cruce alucinante), cuando hablamos un poco de libros, de gente, de actitudes, de la vida. Sé que esa tarde estuvimos demasiado educados, pero fue realmente divertido.
A las cinco hizo una observación sobre las aves, a las seis yo hice otra sobre el cielo, Marta llegó luego y la fastidiamos tanto que se fue por media hora, a las ocho y media Marta y yo nos fuimos.
Al siguiente viernes se repitió la tarde, aunque hubo fuego (quemamos un papel para hacer el test de las manchas, fue divertido), y hubo una confusión con mi sonrisa. Marta jura que cuando sonrío de una manera (que es inevitable para mí), es porque estoy analizando una situación, o porque tengo algo planeado. Es verdad. Aguilar preguntaba entonces, qué era lo que interpretaba cuando él decía algo y yo sonreía de esa manera.
No supo que esa, también es una sonrisa inevitable. Pero está allí, porque en ese momento, ya no pienso más.

2 comentarios:

capitan said...

y cual fue su nombre?

Anonymous said...

bendita sea la sonrisa estupida.

L