Creo que en este blog hemos dado la impresión de ser algunas veces un tanto misóginas, a pesar de ser tres mujeres muy diferentes con la contradicción de que nos caemos muy bien entre nosotras.
Quizás todo este asunto no tiene nada que ver con las mujeres en general, ni tampoco con los hombres; quizás no se trata del género, sino de la sexualidad.
No nos vayamos por las ramas ni nos pongamos severos. Es claro que cada uno vive su sexualidad como mejor le apetece y si es feliz, qué más da. Aquí tampoco estamos para ser políticamente correctos, pues aunque no juzgamos sí opinamos. Y yo llevo tiempo incubando esta objeción.
¿Por qué las "de género femenino" de hoy no saben ser mujeres?
Llámenme clásica (no rancia), pero una mujer es una figura de unas características determinadas; tanto físicas como de comportamiento, actitud. Hemos confundido la modernidad y la liberación con dejar de ser unas mujeres. Se ha pasado al extremo de querer ser igual que un hombre, sin darse cuenta de que ello guarda una contradicción en sí mismo. Un hombre es un hombre y una mujer es una mujer.
Un hombre tiene muchos/pocos pelos en el pecho et.al., genitales externos, caja toráxica amplia; mientras que de una mujer se agradece que no tenga todos esos pelos, hay que explorar dentro de sus genitales, formas más redondas, curvadas y todo aquello que conocemos y nos gusta a todos.
¿Por qué entonces empecinarse en igualarlo todo? Un hombre con el pecho depilado al tercer día es un chiste, con las cejas más moldeadas que las de Paris Hilton es otro mal chiste y si lleva según qué complementos y hace ciertos gestos o usa ciertas expresiones, ya descuadra (aunque no sorprende).
Pero las mujeres... ¿a qué viene esa falta de gracia?
De entrada algunas matan por la moda que últimamente está un poco quisquillosa y cometen el primer error: llevar lo de todo el mundo pero sin gracia, como todo el mundo. Lleves lo que lleves, tienes que saber cómo.
Al caminar, con paso de buey cansado, de pato mareado, pisando huevos... en fin. Si les pones unos tacones ya es para coger una cajita de pop corn y una coca cola de medio litro: un show.
Al sentarse, como si abrieran el zoológico. Se lleve lo que se lleve, faldas, pantalones, vestidos o nada de nada... cómo va a sentarse uno despatarrado como si acabaran de apalearlo o como si fuera día gratis del zoológico y puertas abiertas?
Tenemos la crisis de los extremos: las de género femenino que decidieron "ser igual" que un hombre y que no sorprenda que mañana les crezca un órgano extra... y las del género femenino que decidieron ser las "princesas rosas" o "mujeres fatales" según el gusto, pero sin entender que son mujeres, explotando ciertos recursos que resultan siendo los más banales del género, lo que deja un cascarón.
Ser una mujer no es ser una topmodel de metro ochenta con cosméticos l'oreal, ser una mujer no es ser una ama de casa tras el delantal corriendo con una sartén y huevos tras tres niños llorones. Ser una mujer no es ser la zorra del trabajo que se pasó por el lecho a cuanto ser se movía en la oficina, ser una mujer no es poner cara de asco a los eructos y escandalizarse ante un pedo.
Ser una mujer es ser auténtica, sea cual sea su tipo de personalidad. Ser una mujer (y una persona normal y corriente) es aceptar la propia naturaleza y dejarse de tonterías y envases.

3 comentarios:
Mi estar totalmente de acuerdo. Pero yo quiero ser una señorita de Portugal...
De seguro me lo van a tomar ustedes a mal, pero mucho me temo que no son precísamente las mujeres quienes deben discurrir acerca de cómo es que debe verse o comportarse una de las suyas.
"¡¿Pero qué dices cabrón?!"
Nada, sólo digo que no hay por qué desmeritar el concepto de "envase", y que si bien ustedes tiene derecho a verse como les de la gana, tambien nosotros tenemos derecho a que se vean como nos da la gana, y estando dado que reptamos en una sociedad patriarcal, bien harían en desempolvar las zapatilla, el liguero y el sartén, que se hace tarde para que cumplan con su propósito en el universo.
...pero fijo me lo van a tomar a mal.
Comulgo contigo, estimada Eva María.
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